Caracas, viernes 18 de abril de 2014
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Movimientos sociales en América Latina, racionalidad transmoderna y la encrucijada del sistema-mundo (II)
Fecha: 12-03-2010
Sección: Actualidad
Autor: Emiliano Terán





  Movimientos sociales en América Latina, racionalidad transmoderna y la encrucijada del sistema-mundo

 Emiliano Terán

III. Los movimientos sociales latinoamericanos en el contexto de la crisis estructural del sistema-mundo hacia la globalización neoliberal.

La confluencia multidimensional de los factores de una crisis sistémico-estructural, con los propios de una crisis coyuntural enclavada en un ciclo contractivo hacen de la globalización neoliberal un tipo de capitalismo que recurre a la acumulación por desposesión en formas nunca antes vistas, no sólo por la particularidad de sus mecanismos, sino por los límites que se dispone a rebasar para el mantenimiento de su lógica acumulativa, de su sobrevivencia, aunque en este caso sea esta sobre los escombros de la humanidad misma.

Ahora bien, los objetivos fundamentales para llevar a cabo ese proceso de desposesión, elaborados desde la lógica de la real politik (principalmente desde los Estados Unidos, pero no única y exclusivamente), se centran en objetivos estratégicos enfocados a espacios, productos y sujetos que deben ser incorporados al sistema de producción a toda costa para la preservación misma del sistema capitalista, pues como nunca este fin justifica todos los medios posibles (al menos sí, para los dueños del gran capital global). Esta estrategia pues, implica un desafío como nunca antes se había visto en la historia del sistema-mundo capitalista: un desafío al espacio, en tanto despojo, explotación y vaciamiento de las últimas fuentes de vida compensatorias que aún hacen posible la vida dentro de las formas de producción capitalista; un desafío al tiempo, en tanto la reproducción de capitales proyectados hacia otros tiempos (virtuales, de beneficios a futuro) al punto de generar una economía ficticia de inmensas dimensiones, que se encuentra cada vez más en estado de incongruencia con el «aquí y ahora» de la "materialidad" del espacio-tiempo; un desafío a la humanidad, en tanto que para mantener su tendencia expansiva el sistema capitalista debe retrotraerse y apuntar hacia su interior, hacia cada espacio de la cotidianidad del sujeto, expandiendo la guerra a cada uno de los ámbitos de la vida (ya la guerra no se enfoca sólo a un "campo-de-batalla", la cotidianidad es el campo de batalla, sin descartar esto la posibilidad clásica de la violencia militar, que se sobredimensiona por la proliferación de armas de destrucción masiva); un desafío al discurso, en tanto el uso de tecnologías del lenguaje para ajustar la realidad a la ficción (como virtualización de la vida); y un desafío a la lógica misma de la reproducción de la vida, planteando desde los otros desafíos mencionados, la incompatibilidad de su universo simbólico y de su forma de reproducir la vida social, con la reproducción de la naturaleza.

Ahora bien, esos objetivos estratégicos se dirigen hacia: a) el Medio Oriente, territorio donde se alojan las mayores reservas de petróleo del mundo, con Arabia Saudí, Irán e Irak en primer, segundo y tercer lugar en reservas probadas respectivamente[1], enfocados principalmente a Irán por sus reservas, posición geográfica[2] y significación política en la guerra civilizatoria que se libra contra el islam; b), India y Pakistán, Afganistán, con el primero como aliado estadounidense, y los dos segundos en el marco del neocolonialismo de la Cuarta Guerra Mundial,  siendo las claves para cercar a China, y de manera secundaria a Rusia; c) el Cáucaso y el Mar Caspio, región que aloja las segundas mayores reservas de petróleo, y que representa el posicionamiento estratégico para cercar a Rusia, política que se viene aplicando desde la postguerra fría y que tiene en el conflicto con Georgia de 2008 su expresión más reciente; d) América Latina, con uno de los mayores reservorios naturales del mundo, entre los que cuentan, las reservas petroleras de Venezuela, quintas del mundo[3], los enormes recursos de agua dulce en las cuencas del Amazonas, Orinoco y Paraná, con la reserva subterránea más grande del mundo en el acuífero guaraní[4]; las grandes reservas de biogenética y la mayor producción de oxígeno del planeta en la Amazonía[5]; e) los espacios virtuales del capital financiero, en donde se generan ganancias ficticias sustentadas sobre dinero inorgánico, cubriendo los vacíos que dejan las dificultades de mantener la tasa de ganancia por medio de la reproducción ampliada sobre una base sustentable, pero a su vez generando dependencia financiera hacia las periferias del sistema-mundo capitalista, sea por la necesidad estructural de financiamiento de estas últimas por los procesos de desruralización-modernización, o bien por su endeudamiento crónico.

América Latina sería una de las principales afectadas a partir de la crisis coyuntural que se generaba desde los años 70´s, siendo devastada por «La crisis de la deuda» que se genera a raíz de los grandes excedentes financieros producidos por la crisis petrolera de 1973. Estos excedentes, que llegaron a manos de la banca internacional, fueron otorgados en préstamo a tasas muy asequibles (financiamientos blandos) a los países latinoamericanos, quienes de manera inversamente proporcional a la banca internacional, habían sido severamente perjudicados por el alza de los precios del crudo, generándose en estos una altísima necesidad de liquidez. La crisis mundial desatada por la segunda crisis petrolera (provocada por la Revolución Iraní en 1979), que se articulaba con el ciclo contractivo de la economía-mundo (fase B del ciclo Kondratieff), daba pie a que el Departamento del Tesoro de Estados Unidos decretara el aumento de las tasas internacionales de interés.  En la década del 80 empieza la exigencia del pago inmediato de los intereses ­aumentados de la deuda debido al crecimiento del capital principal bajo la forma de "renegociaciones" irresponsables de las deudas, lo que supuso un régimen de sometimiento financiero, pues no sólo sobredimensionaba el contenido de la deuda, sino que planteaba exigencias en el tiempo de cobro incongruentes y salvajes, que junto con los desajustes económicos que aun sufrían las economías periféricas dependientes, habían vuelto la deuda impagable y las economías nacionales se tendrían que someter al acreedor[6]. Nos habíamos convertido en exportadores de capital.

A partir de esta coyuntura se da el marco para el inicio de un proceso de acumulación por desposesión en la región, en el contexto de la posguerra fría y de la globalización neoliberal. Las políticas de ajuste estructural impuestas por el FMI a partir de las diferentes deudas de los países latinoamericanos abrirían el campo para una apropiación de las economías y de los recursos, así como la penetración del capital foráneo, haciendo cada vez más indefensas a las sociedades de América Latina, vulnerándolas a su vez políticamente en el proceso.

Los programas de ajuste estructural en el marco del denominado Consenso de Washington, proponían programas para liberalizar las tasas de interés, el enfoque del rendimiento económico en la exportación directa y en la extracción de recursos, la apertura al comercio internacional y a la entrada de inversiones extranjeras directas, la desregulación del comercio, privatización o desinversión de las empresas estatales, el recorte del gasto social y la eliminación de subsidios (austeridad), devaluación de la moneda, liberalización de precios, y mejora de los derechos de los inversionistas extranjeros de cara a leyes nacionales y garantía de los derechos de propiedad. Se presenciaba la institucionalización del saqueo, legitimada por las relaciones de dependencia neocoloniales, en las cuáles se articulaban una serie de dispositivos económicos, instituciones supranacionales (FMI, BM, BID, OMC), discursos despolitizantes de la posguerra fría[7] (el «Fin de la Historia» y la Pax Americana), y recursos de violencia policial para la desposesión y mantenimiento del pretendido New World Order. Sin embargo, el inicio de los desafíos de la globalización neoliberal, tocaba los límites de la sostenibilidad material. La respuesta no se hizo esperar.

De este contexto surgen los diversos movimientos antineoliberales, en forma de estallidos populares u organizados como movimientos sociales, muchos de ellos de perfil antisistémico, y otros de corte más defensivo o reactivo. El impacto de las respuestas populares es proporcional a la arremetida neoliberal en la zona. Y no sólo repercutiría en América Latina, sino que tendría trascendencia global hasta nuestros días. De hecho para Wallerstein, el movimiento antisistémico mundial conocido como movimiento altermundista se inicia a partir de tres momentos simbólicos como fueron la revuelta de los zapatistas en Chiapas en 1994, las protestas de activistas contra la OMC en Seattle en 1999, y el primer FSM en Porto Alegre en 2001[8]. El impulso de estos movimientos fue una alternativa para la ciudadanía global crítica, en tanto que surgieron en un contexto de desesperanza y desmoralización de la izquierda mundial, que se había originado a raíz de la implosión del bloque soviético y el derrumbe del comunismo como ideología; fueron el muro de contención ante el rápido avance neoliberal en pro de la desposesión de sus recursos básicos para vivir; pero sobre todo, fueron alternativa por las formas cómo se estructuraron, se organizaron y por los sujetos  y cosmovisiones encarnadas por ellos. Era el surgimiento del otro subalterno excluido, que se hacía sentir y aparecía de la invisibilidad a la que había sido condenado por la modernidad-colonial, pero era también el surgimiento de una alteridad de la propia «política», que apunta hacia lo que Dussel llama la transmodernidad[9].

El auge de los movimientos sociales de mediados de los noventas hasta aproximadamente mediados de la década del 2000, se inscribe en la propia dinámica de apropiación desafiante, que logró estructurar un conjunto de recursos jurídicos, discursivos y materiales para intensificar la vulnerabilidad de la región, su población, espacios y recursos. A su vez son estos la expresión de la emergencia de una racionalidad «transmoderna», en tanto que evidencian el resquebrajamiento de los paradigmas modernos de la ilustración y del liberalismo como geocultura[10], y de su manifestación como sujetos identitariamente «diferentes» (como alteridad no-«occidental»). De ahí la importancia del surgimiento de estos movimientos en la definición de la correlación de fuerzas.

El levantamiento de los neozapatistas de Chiapas en 1994, fue la primera manifestación organizada de los nuevos movimientos sociales globales, y referencia obligatoria para todos estos. Si bien el «Caracazo» en 1989 no representó un movimiento social estructurado, fue un acontecimiento que tuvo y aun tiene grandes repercusiones en el sistema-mundo, al dislocar (o al menos ser la máxima evidencia de esa dislocación) la estructura de poder interna en Venezuela y traducirse en el impulso de una nueva correlación de fuerzas en este país y en la región, además de representar el hecho de ser la primera manifestación en América Latina contra la globalización neoliberal. Veremos que este tipo de sacudones sociales serán también determinantes en los avances de nuevas formas de legitimidad política en los países.

Chiapas, al igual que muchas de las zonas que se encontrarían en la mira del capital transnacional en vías de la desposesión de nuevos territorios, sería también el espacio de insurgencia. De hecho la declaración de la selva Lacandona se hace el primero de enero de 1994, día en que se ponía en vigencia el tratado de libre comercio (ALCA) de México con los Estados Unidos. Para el Subcomandante Marcos está bien claro el proceso de acumulación por desposesión. A este lo llama La Nueva Conquista:

En el proceso de fragmentación -convertir todo el mundo en archipiélago- el poder financiero quiere construir un nuevo centro comercial que tenga turismo y recursos naturales en Chiapas, Belice y Guatemala. Aparte de estar lleno de petróleo y uranio, el problema es que está lleno de indígenas. Y los indígenas, además de no hablar español, no quieren tarjetas de crédito, no producen, se dedican a sembrar maíz, frijol, chile, café y se les ocurre bailar con marimba sin usar el computer. No son consumidores ni son productores. Sobran. Y todo el que sobra es eliminable. Pero no se quieren ir y no quieren dejar de ser indígenas. Es más: su lucha no es por tomar el poder. Su lucha es porque los reconozcan como pueblos indios, que reconozcan que tienen el derecho a existir, sin convertirse en otros. Pero el problema es que aquí, en el territorio que está en guerra, en territorio zapatista, están las principales culturas indígenas, están las lenguas y los más grandes yacimientos de petróleo. Están los siete pueblos indios que participan en el EZLN, tzeltal, tzotzil, tojolabal, chol, zoque, mam y mestizos. Este es el mapa de Chiapas: comunidades con población indígena y con petróleo, uranio y maderas preciosas. A éstos es a los que hay de quitar de aquí porque no conciben la tierra como la concibe el neoliberalismo. Para el neoliberalismo todo es una mercancía, se vende, se explota. Y estos indígenas vienen a decir que no, que la tierra es la madre, es la depositaria de la cultura, que ahí vive la historia y que ahí viven los muertos. Puras cosas absurdas que no entran en ninguna computadora y no se cotizan en una bolsa de valores[11].

Lo expresado por Marcos refleja la tendencia por la cual el indígena se ha incorporado a la lucha antisistémica. Los indígenas, por su cosmovisión propia, no están vinculados con el mercado y ocupan tierra de interés para las transnacionales. Son pues población sobrante y representan un estorbo, por lo que se vuelven el enemigo[12] de la acumulación por desposesión en la globalización neoliberal. El movimiento Pachakutik en Ecuador, y los movimientos indígenas y cocaleros en Bolivia son reflejo igualmente de ello. El movimiento Pachakutik surge en oposición al modelo neoliberal, y se erige como permanente opositor de los gobiernos de turno y de las políticas de ajuste estructural, llegando a fungir un papel principal en el derrocamiento del presidente Jamil Mahuad en el 2000[13]. Por su parte, el movimiento indígena y cocalero en Bolivia, por su amplio y tradicional nivel organizativo alrededor del cultivo de la hoja de coca, de la misma forma ha reaccionado con la reivindicación de sus derechos históricos ante el avance neoliberal. A partir del año 1995 establecen alianzas con otros grupos políticos con el fin de incursionar en la vida política. La causa de la coca se diluye en otras reivindicaciones que cobran mayor importancia. El problema de la producción de la coca estará ligado a la defensa del consumo tradicional, la insistencia de su importancia como valor cultural y con el discurso antiimperialista[14].

De hecho en este contexto conflictivo de desposesión-resistencias, en Bolivia se sucedieron dos conflictos populares denominados «Guerra del agua» y «Guerra de gas»[15]. La primera se inscribe en las renegociaciones de la deuda externa a través del FMI, BID y BM, ya que a partir de los ajustes programados, la Superintendencia de las Aguas boliviana otorga en septiembre de 1999 el monopolio de los recursos hídricos de la región de Cochabamba por cuarenta años al capital transnacional, privatizando los servicios de Agua Potable y Alcantarillado. El colmo había llegado con la ley 2.029, pues los contratos derivados prohibían a la gente acumular el agua de la lluvia, por lo tanto el agua de la lluvia también fue privatizada. Con la consigna de ‘¡El agua es nuestra, carajo!', la gente sale a las calles, bloquea caminos y se producen centenares de heridos. La presión es tal que obligan al gobierno a retroceder y anular la concesión del agua y a la modificación de la Ley de Agua Potable y Alcantarillado Sanitario, logrando romper con el disciplinamiento capitalista desplegado con el ajuste estructural[16]. En la «Guerra del gas» se da un desenlace parecido, pues se efectúa la venta de gas a Chile, pese a no haber resuelto el pedido del país de devolverle la salida al mar que perdió en la Guerra del Pacífico de 1879, lo que provocó numerosas protestas y bloqueo de carreteras, a lo que respondió el gobierno de Sánchez de Losada con represión y un saldo de más de 60 muertos y 400 heridos. Esto agudizó el conflicto, en el que posteriormente se incorporarían los mineros, intensificando la resistencia ante la represión, a su vez que a partir de este conflicto nacía la demanda de la nacionalización de los hidrocarburos, como medida para salir de la pobreza del pueblo boliviano. Finalmente y por las presiones, Sánchez de Losada huiría hacia los Estados Unidos[17].

Otra expresión de la resistencia al proceso de apropiación, fue el Movimiento  de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (Movimento dos Trabalhadores Rurais Sem Terra, MST), que surgió a partir del proceso de tecnificación de la agricultura que se empieza a dar desde los años 70, en el que se produjo un despojo de tierras y un desplazamiento de campesinos, y que desde su surgimiento mantienen la idea de la Reforma Agraria como bandera, pero no desde el típico modelo de modernización capitalista, sino desde el de la confiscación masiva de tierras y la entrega de las mismas a las más de cuatro millones quinientas mil familias sin tierra en todo el Brasil[18]. Cuando el gobierno de Fernando Henrique Cardoso, en el marco de las políticas neoliberales de apropiación, intentó autorizar el cultivo de soya transgénica en el país, el MST junto al Partido de los trabajadores y las organizaciones ambientalistas mediante firme resistencia lograban impedirlo, al menos provisionalmente[19]. La misma violencia ejercida contra las resistencias antineoliberales, la sufría igualmente el MST. Joáo Pedro Stedile, conocido dirigente del movimiento, plantea que: "...con la victoria del neoliberalismo del gobierno de Fernando Henrique Cardoso, hubo luz verde para que los latifundistas y sus policías provinciales ataquen al movimiento. Y tuvimos en poco tiempo dos masacres: Corumbiara y Carajás. A lo largo de esos años, cientos de trabajadores rurales pagaron con su propia vida, por el sueño de la tierra libre"[20].Esto refleja la aguda tensión entre el MST y el proceso de desposesión que se viene dando en una zona tan sensible de Suramérica como lo es Brasil.

A diferencia de la mayoría de los movimientos sociales de esta etapa en América Latina, en Argentina surgía el denominado movimiento de los piqueteros, el cual no tenía un perfil indígena o campesino. Sin embargo, fue también una respuesta alternativa a las expresiones políticas tradicionales. Y en la misma tónica, emerge ante la estrategia global de desposesión que representó el neoliberalismo. Eran los piqueteros, hijos de este proceso, en tanto que se componían de los proscritos del proceso productivo en el neoliberalismo, a raíz de las reformas inspiradas por el gran capital local y mundial profundizadas durante el gobierno de Carlos Saúl Menem. El movimiento, que se inició en la provincia de Neuquén en los años 90 por la masa de trabajadores despedidos, fue tomando cada vez mayor vigor,  adquiriendo características organizativas propias, y dando así lugar a los primeros Movimientos de Trabajadores Desocupados, que posteriormente llegarían a constituirse como una convergencia de numerosos movimientos de desempleados que se lograban institucionalizar progresivamente[21], luchando en contra de la desocupación y en pro de más y mejores planes sociales. Su nombre, se debe a su forma concreta de manifestación, los cortes de ruta, denominados piquetes, que se realizaban en lugares desmantelados por la privatización, y que lograrían extenderse por todo el país como metodología de protesta[22]. Una de sus grandes manifestaciones se dio en 1997, cuando los desempleados del Gran Buenos Aires realizaron 23 cortes de ruta, que se sumaron a otros 54 en el resto del país. Eran la expresión de las resistencias argentinas, que verían su clímax el 19 y 20 diciembre de 2001, con el denominado «Argentinazo», estallido popular que surge como el desencadenamiento de una larga crisis social, que había resentido de manera importante la legitimidad política de la nación.

El penoso proceso de endeudamiento exterior, llevó a una situación financieramente insostenible que provocó que el 29 de noviembre de ese mismo año los grandes inversionistas comenzaran a retirar sus depósitos monetarios de los bancos y, en consecuencia, el sistema bancario colapsó por la fuga de capitales. Esta situación generó que el presidente Fernando de La Rúa decretara  una restricción a los retiros bancarios que se denominaría El Corralito y que generaría un inmenso malestar en la población. A partir de este suceso se desencadenaron una serie de protestas y saqueos que se incrementaban al pasar los días a nivel nacional, pese al Estado de Sitio decretado por De la Rúa, siendo las protestas del 19 y 20 de diciembre las más concurridas e importantes. Viendo desmoronarse la legitimidad del gobierno, fue ejercida la represión contra el pueblo manifestante, con un saldo de 39 personas fallecidas a manos de las fuerzas policiales y de seguridad, incluyendo 9 menores de 18 años. Con el grito "que se vayan todos" se evidenciaba el agotamiento de la legitimidad de la democracia representativa Argentina, que junto a la extrema exclusión y violencia económica, serían el signo del período neoliberal.

En ese mismo año de 2001, surgiría una de las alternativas más representativas de los movimientos sociales, como lo fue el Foro Social Mundial, que se iniciaba en la ciudad de Porto Alegre, y constituiría el contrapunto del Foro Económico de Davos, con el fin de generar un espacio de encuentros en el que se construyeran los vínculos de una sociedad global, donde los distintos movimientos y organizaciones sociales asistentes, intercambiaran información, y generaran discusiones y propuestas alternativas al modelo neoliberal, y así se integraran en pro de una lucha global y la construcción de otro mundo posible. La coyuntura de la globalización, que exigía una verdadera articulación de un movimiento global antisistémico, encontró en el Foro Social Mundial una alternativa creativa para realizar dicho despegue político. Para Boaventura de Sousa Santos: "Puede decirse que el Foro Social Mundial representa hoy, en términos de organización, la manifestación más consecuente de la globalización contrahegemónica"[23]. Y para Wallerstein "...el FSM probablemente es ya más global que cualquier otra confluencia histórica anterior de movimientos antisistémicos"[24].

Vemos pues, que a raíz de los desafíos a la humanidad que plantea esto que Harvey ha denominado el "Nuevo Imperialismo", se generaba, por un lado un sistema político de representatividad quebrado, y por otro lado, una buena cantidad de "nuevos" movimientos sociales diseminados a lo largo y ancho de Latinoamérica, y a eso se le une, una gran cantidad de desempleados, excluidos, desplazados y violentados de este proceso de intensificación de la explotación de recursos y mano de obra. Este escenario planteó una redefinición de las expectativas políticas de la sociedad, debido a la generalización del descontento, aunada a la apertura de alternativas sociales y políticas para la ciudadanía, que permitirían a los movimientos sociales articularse políticamente con la estructura del poder estatal, de manera tal que la población, identificada con estos, pudiese generar las transformaciones necesarias para mejorar su calidad de vida. De ahí que a partir de estas coyunturas, varios liderazgos políticos hayan llegado a la presidencia, inaugurando una etapa de tendencia "progresista" en los gobiernos de los estados latinoamericanos, definida de manera más precisa como un populismo post-neoliberal.

Si bien el sistema político representativo había sido severamente herido en su legitimidad, a raíz de las respuestas populares a los procesos de desposesión neoliberal, la ciudadanía proyectaría sus expectativas a un cambio de actores y no a un cambio de sistema (o al menos quien realmente tuviese expectativa de esto, esperaba delegar las transformaciones radicales en sus nuevos mandatarios). De aquí surge la oleada de presidentes denominados "progresistas" (populistas), diferentes en radicalidad y grado, pero con muy alta legitimidad popular: Chávez en Venezuela, Evo en Bolivia, Correa en Ecuador, Lula en Brasil, Kirschner en Argentina, Ortega en Nicaragua, Bachelet en Chile, Tabaré Vásquez en Uruguay y la emergencia de líderes con perspectiva presidencial como Ollanta Humala en Perú y Manuel López Obrador en México.

Los procesos que comenzarían a desarrollarse a partir de este período institucional de la redefinición de la correlación de fuerzas nacionales y regionales que se había generado a raíz de la movilización social, se sumergiría en profundas contradicciones, propias de un momento transicional. La alter-nativa provocada por la irrupción de los sujetos subalternos de la modernidad en el espacio de poder, o bien los forcluidos del universo simbólico, en el sentido lacaniano, así como los discursos y las prácticas de la experiencia local (endógena), insertos en la lógica de alternativas a la racionalidad moderno-occidental y de profunda creatividad y sensibilidad, se desplazan por la estructura del poder colonial que delimita las posibilidades materiales y superestructurales para la objetivación de esas mismas alter-nativas, sea mediante mecanismos internos (internalizados) o externos (como ejercicio concreto del poder). Boaventura de Sousa Santos, con gran lucidez hace referencia a estas contradicciones propias del momento de transición:

El pensamiento crítico y la práctica transformadora están actualmente desgarrados por dos temporalidades extremas y contradictorias que se disputan el marco temporal de la acción colectiva. Por un lado, hay una sensación de urgencia, la idea de que es necesario actuar ahora porque mañana será probablemente demasiado tarde. (...) Por otro lado, hay una sensación de que nuestro tiempo reclama una serie de cambios civilizatorios profundos y a largo plazo. Los hechos mencionados más arriba son síntomas de estructuras y agencias profundamente arraigadas a las que no es posible hacer frente mediante un intervencionismo a corto plazo, ya que este último forma parte del paradigma civilizatorio en la misma medida que aquello que combate. (...) La coexistencia de estas temporalidades polares está produciendo una gran turbulencia en viejas discusiones y fisuras como las existentes entre táctica y estrategia, o entre reforma y revolución. Mientras la sensación de urgencia pide táctica y reforma, la sensación de cambio de paradigma civilizatorio pide estrategia y revolución. Pero el hecho de que ambas sensaciones coexistan y que ambas sean acuciantes desfigura los términos en que se plantean las distinciones y las fisuras y los convierte en más o menos insignificantes o irrelevantes. En el mejor de los casos se convierten en significantes imprecisos propensos a apropiaciones contradictorias[25].

En esta coexistencia, estas contradicciones aparecen como excluyentes en tanto no se manifiesten como tendientes hacia una racionalidad «transmoderna», en el sentido dusseliano. De hecho, los movimientos sociales (como actores claves de vanguardia) que impulsaron las transformaciones en las expectativas políticas ciudadanas, en las redefiniciones identitarias, y en los reajustes en la estructura de poder, y que llevaron a encabezar los gobiernos nacionales por parte de los nuevos líderes populistas, fueron posteriormente desplazados del centro del escenario por estos últimos en su liderazgo popular y en su importancia política[26]. Y de hecho, se daba también un progresivo desplazamiento en aquellos gobiernos de las prácticas alter-nativas que impulsaron los movimientos sociales y que le habían otorgado por ello un gran respaldo popular.

Pese a esto, los logros que desde la estructura del Estado habían alcanzado los líderes populistas tenían una mayor dimensión que lo alcanzado por los movimientos sociales. Es claro que los recursos económicos, jurídicos y discursivos de aquellos, permitían masificar el alcance de sus reformas y programas, además de la legitimación de la administración a través de los dispositivos discursivos y legales para la sujeción de los individuos. De esta forma, desde la reproducción de la lógica burocrática, de la racionalidad instrumental administrativa, del interés rentístico capitalista y de la real politik como mecanismo de defensa para el mantenimiento del orden social y contra la arremetida conservadora; las fuerzas alter-nativas fueron absorbidas por la lógica de la racionalidad moderno-occidental, reproducida por la estructura de poder neocolonial, que obviamente no es sólo nacional, y que iba reciclándose y mimetizándose para reconfigurar las condiciones para la restauración del proceso de acumulación por desposesión.

Así pues, se da un proceso gradual de "despopulización" a lo interno de los gobiernos populistas, y la desmovilización de las fuerzas sociales orientada a su cooptación, enmarcado esto en las reivindicaciones alcanzadas por la población por medio de estos gobiernos, así como en la reproducción de la relación paternal-clientelar Estado-ciudadanos, y la negativa a volver al pasado, un pasado neoliberal que había marcado el imaginario colectivo de las sociedades latinoamericanas. Rudá Ricci, sostiene que "vivimos una estatización de la sociedad civil", cuyo mejor ejemplo es el del movimiento sindical que forma parte del bloque de poder junto al capital financiero y las multinacionales brasileñas[27]. A partir de esta coyuntura los movimientos sociales eran absorbidos por esta dinámica tanto a lo interno como a lo externo, generándose así un estancamiento que limitaba en gran medida la alter-nativa. La iniciativa política pasaba a manos primordial y "legítimamente" de los gobiernos, promoviendo una actitud más pasiva en las fuerzas sociales.

Es importante comprender que las contradicciones transicionales a las que hemos hecho referencia, que se muestran más agudas si advertimos el papel que está ejerciendo Latinoamérica con respecto a los movimientos antisistémicos y a las diversas formas de pensar otro mundo posible (Latinoamérica como el principal espacio de posibilidad alter-mundista), y las características de un sistema-mundo en crisis estructural, nos lleva a reconocer esas distinciones imprecisas a las que Boaventura de Sousa Santos hace referencia, expresadas en la composición interna de los grupos, actores, instituciones e identidades que hacen parte de las sociedades latinoamericanas. De ahí que en la tendencia gradual de los gobiernos a "despopularizarse" internamente en esta etapa, se evidencien grandes contradicciones expresadas en una lucha marcada por la encrucijada a la que De Sousa hacía referencia más atrás, a la cual se le añade la correlación de fuerzas de los actores del sistema-mundo, lo que nos impide definir al Estado de manera homogénea al reconocer que aún se mantienen en él actores provenientes de los movimientos sociales, así como ciertas ideas alter-nativas que pugnan por hacerse un espacio en las líneas programáticas de los gobiernos y evitar ser desplazadas definitivamente de esta estructura de poder. Pero a su vez, nos impide determinar que el rezago de los movimientos sociales se haya dado en el marco de una total cooptación de los mismos por parte de la fuerza del liderazgo y legitimidad social de estos gobiernos[28], "ya que muchos dirigentes y movimientos están lejos de haber sido cooptados o "comprados" y su apoyo a los gobiernos de ese signo se debe a sólidas y profundas convicciones, avaladas por un conjunto de cambios reales en curso y las dificultades, también reales, de romper sin más con el modelo vigente"[29]. La tendencia del mundo hacia un creciente caos sistémico, precisamente por el carácter de bifurcación que se presenta en un período de transición, implica pues que las luchas se manifiesten de manera más fragmentada dada la dificultad de definición de los grupos, actores, instituciones e identidades, así como las ideas articuladas en torno a ellos.

Esto no impide que se dé una estrecha relación entre los grupos hegemónicos y el proceso de acumulación de capital, que por las condiciones que ya hemos descrito en el trabajo, debe ser este necesariamente en su mayoría por desposesión. De ahí que, una vez reconstruido un ambiente de estabilidad política, junto con la desmovilización de los pueblos y el desprendimiento simbólico de los movimientos sociales, se esté dando en América Latina un reacomodo de las fuerzas del gran capital transnacional en la lucha por la apropiación de los recursos naturales de la región. Zibechi sugiere el debate sobre el estado actual de los movimientos sociales, planteándose la pregunta ¿es el fin de la era de los nuevos movimientos sociales? Y nos dice que: "Veinte años después del Caracazo que puso en marcha el proceso bolivariano y 16 años después del "Ya basta" zapatista, parece evidente que una era de los movimientos está llegando a su fin"[30].

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[1] BP. Statistical review of world energy, full report 2009. En http://www.bp.com/productlanding.do?categoryId=6929&contentId=7044622.

[2] Irán se encuentra en una posición en la cual tiene incidencia fundamental tanto en Medio Oriente, como en el Cáucaso y el Mar Caspio, la zona con más reservas petroleras después de Oriente Medio. Se encuentra prácticamente en el corazón del conflicto, lo que aunado a los otros aspectos mencionados, la hace con la posibilidad de controlar el curso del abastecimiento petrolero en la zona. Ya Irán ha amenazado con bloquear el estrecho de Ormuz si llegase a ser atacado en sus instalaciones nucleares, siendo clave dicho estrecho debido a que por él pasa el 40% del petróleo mundial (Freytas, 2008). Puede por ende, como alguna vez ya lo haya hecho durante la Revolución iraní de 1979, impactar en toda la economía-mundo a partir de una estrategia específica de boicot.

[3] Después de las de Kuwait, cuartas del mundo. (BP, Op.Cit.). Cabe resaltar que las fuentes de información presentan variaciones. Recientemente el USGS estimó que la faja del Orinoco poseía el doble de las reservas que se habían calculado inicialmente, lo que colocaría a Venezuela como el país con mayores reservas de petróleo del mundo. Sin embargo, el manejo de la información sobre reservas tiene también un objetivo político, por lo cual preferimos, al menos por los momentos trabajar con nuestra fuente que consideramos confiable. Los acontecimientos en desarrollo dirán si esta última información es veraz o no.

[4] Es importante resaltar, que debido a la importancia del agua para la vida, y la creciente escasez de la misma en forma potable, hace de ella un recurso sumamente sensible en la definición de los conflictos de la geopolítica global. El ex secretario general de la ONU Koffi Anan señaló "la fuente principal de guerras y conflictos interestatales en el futuro será el agua" (Díaz Triana, 2010). El agua, es también un importante recurso geoestratégico.

[5] DIETERICH, Heinz. Las guerras del capital. Monte Ávila editores latinoamericana. Caracas, 2005. pp.139-140.

[6] CARTEA, M.J. La deuda latinoamericana. Fundación Cremerca. Caracas, 1984.Ya para 1983 la deuda total de América Latina era de 336 billones de dólares, llegando a representar esta el 53% del PIB de las economías de la región. Es claro que el problema es más complejo y posee más aristas causales. Sin embargo, queremos sólo hacer un  paneo general de la situación previa al inicio del proceso de la acumulación por desposesión que se impulsaría con la globalización neoliberal en la región.

[7] Boaventura De Sousa Santos nos dice sobre la confusión política del período de posguerra fría: "La caída del muro de Berlín, al tiempo que asestaba un golpe mediático mortal a la idea de revolución, asestaba un golpe silencioso no menos letal a la idea de reforma. Desde entonces vivimos en un tiempo que, por un lado, convierte el reformismo en un contrarreformismo y que, por el otro, es o bien demasiado tardío para ser postrevolucionario o demasiado prematuro para ser pre-revolucionario" (De Sousa Santos, 2008:10).

[8] WALLERSTEIN, Immanuel.  El Foro Social Mundial está en la encrucijada. Rebelión, en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=10590. 2005.

[9] DUSSEL, Enrique. Transmodernidad e interculturalidad.  UAM-Iz., México City, 2005.

[10] Wallerstein, 1997.

[11] 2001, pp.9-10.

[12] DIERCKXSENS, Win. La transición hacia el postcapitalismo. Monte Ávila Editores Latinoamericana. Caracas, 2006. p.93.

[13] RAMÍREZ Gallegos, Franklin. El paso del movimiento indio y Pachakutik por el poder. OSAL. Año IV No 11 Mayo-Agosto 2003.

[14] MALÁ, Šárka.  El Movimiento ‘Cocalero' en Bolivia durante los años 80 y 90: sus causas y su su desarrollo. Revista esboços nº 20 - ufsc. En http://www.periodicos.ufsc.br/index.php/esbocos/article/viewPDFInterstitial/10244/9539. S/F.

[15]  Resulta emblemático que estos estallidos populares sean denominados como «guerras», evidenciando la reestructuración que en el proceso de acumulación por desposesión, propia de la globalización neoliberal, se da en las formas de guerra, trabajo e identidades, enlazándose pues con la reconfiguración de la «guerra mundial» (como Cuarta Guerra Mundial).

[16] BRITTO Garcia, Luis. Las guerras del agua. Cuadernos Nuevo Sur Sudaca N° 20, abril-junio 2006. En, http://www.debatecultural.net/NuevoSur20/LuisBrittoGarcia.htm.

[17] CHAMORRO, Juan Carlos. Movimientos sociales en Bolivia. Fjerne Naboer / Bolivia. En http://www.fjernenaboer.dk/pdf/bolivia/Movimientes%20sociales.pdf. S/F.

[18] MANÇANO, Bernardo. Stedile, João. Brava Gente. Editorial Popular. Madrid, 2004.

[19] Lander, Op.Cit. p.34.

[20] En CORREA, Fabiola. Los Sin Tierra : el sueño de la tierra libre. Telesur, en http://www.telesurtv.net/noticias/entrev-reportajes/index.php?ckl=210. 2009. También en este artículo se advierte: "Como resultado, alrededor de mil 700 trabajadores rurales han sido asesinados entre 1985 y 2008, según datos de la Comisión Pastoral de la Tierra de la Iglesia católica y hasta el momento sólo ocho personas han sido procesados por los asesinatos".

[21] PACHECO, Mariano. Del piquete al movimiento. Parte 1: De los origenes al 20 de diciembre de 2001. Cuadernos de la fisyp. Fundación de Investigaciones Sociales y Políticas Nº 11 Enero 2004. En http://fisyp.rcc.com.ar/11.Piqueteros.pdf.

[22] Daniel Campione nos dice: "Los piqueteros surgieron antes, en la evolución que va desde los cortes de ruta en lugares desmantelados por la privatización, hasta la asunción del «piquete» como identidad y la vinculación primordial de esta herramienta con la situación de los desocupados" (En Pacheco, Op.Cit.p.6).

[23] Op.Cit. p.3.

[24] WALLERSTEIN, Immanuel. El Foro Social Mundial está en la encrucijada. Rebelión, en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=10590. 2005.

[25] Op.Cit. p.10.

[26] ZIBECHI, Raúl. «Nueva encrucijada para los movimientos latinoamericanos», en MARTíNEZ Martínez, Ricardo (compilador): Los movimientos sociales del siglo XXI. Fundación editorial el perro y la rana. Caracas, 2008. p.59.

[27] En Zibechi, Raúl. Una nueva etapa para los movimientos. La Jornada, en  http://www.jornada.unam.mx/2010/01/09/index.php?section=mundo&article=020a1mun. 2010.

[28] Además que no todos los movimientos sociales latinoamericanos han sufrido con tanta fuerza este rezago. En este caso queremos resaltar que la movilización en Bolivia, mantiene su fuerza y su contenido popular, articulándose con el gobierno de Evo Morales, aunque es indiscutible eso sí, que el liderazgo popular ha sido delegado a la estructura de este Estado plurinacional, con las implicaciones que esto tiene.

[29] Zibechi, 2008. Op.Cit. p.65.

[30] 2010. Op.Cit.




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