Caracas, jueves 24 de julio de 2014
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Sobre algunas categorías de la sociología comprensiva
Sección: Materiales de apoyo
Autor: Max Weber





Sobre algunas categorías de la sociología comprensiva[1] 

Max Weber *

1. Sentido de una sociología «comprensiva»

Al igual que todo acaecer, la conducta humana («externa o interna») muestra nexos y regularidades. Sin embargo, hay algo que es propio solamente de la conducta humana, al menos en sentido pleno: el curso de regularidades y nexos es interpretable por vía de comprensión. Una «comprensión» de la conducta humana obtenida por medio de interpretación contiene ante todo una «evidencia» cualitativa específica, de dimensión singularísima. El que una interpretación posea esta evidencia en medida muy alta nada prueba en sí en cuanto a su validez empírica. En efecto, un comportamiento igual en su curso y su resultado externos puede descansar en constelaciones de motivos de índole muy diversa, entre los cuales los comprensibles de manera más evidente no siempre han sido los realmente en juego. Antes bien, el «comprender» determinado nexo ha de ser controlado, en la medida de lo posible, con los métodos usuales de la imputación causal antes de que una interpretación, no importa cuán evidente, pase a ser una «explicación comprensible» válida. Ahora bien, la interpretación racional con relación a fines (Zweckrationales) es la que posee el grado máximo de evidencia. Por comportamiento racional con relación a fines ha de entenderse aquel que se orienta exclusivamente hacia medios representados (subjetivamente) como adecuados para fines aprehendidos de manera (subjetivamente) unívoca. En modo alguno es solamente comprensible para nosotros la acción racional con relación a fines: «comprendemos» también el curso típico de los afectos y de sus consecuencias típicas para la conducta. Para las disciplinas empíricas, los límites de lo «comprensible» son fluctuantes. El éxtasis y la experiencia mística, al igual que ciertos tipos de conexiones psicopáticas o el comportamiento de niños pequeños (o bien de los animales, de que aquí no nos ocupamos), ante todo, no son asequibles en la misma medida que otros procesos a nuestra comprensión y a nuestra explicación comprensiva. No se trata, por cierto, de que lo «anormal» como tal se sustraiga a la explicación comprensiva. Por lo contrario, lo absolutamente «comprensible» que es a la vez lo más «sencillo» de aprehender, en cuanto corresponde a un «tipo regular» (en el sentido de esta expresión que enseguida dilucidaremos), puede ser, precisamente, obra de quien se aparte en mucho del promedio. Como a menudo se ha dicho «no es preciso ser César para comprender a César». De lo contrario, toda historia carecería de sentido. A la inversa se da el caso de que actividades de un hombre a las que consideramos totalmente cotidianas, «propias» de él y por cierto «psíquicas» carezcan por completo, en su conexión, de aquella evidencia cualitativa específica que lo comprensible marca. Por ejemplo, de la misma manera que muchos procesos psicopáticos, los procesos de la memoria y el intelecto solamente en parte son «comprensibles». Por ello, las ciencias comprensivas tratan las regularidades comprobadas relativas a esos procesos psíquicos del mismo modo que las uniformidades legales de la naturaleza física.

La evidencia específica del comportamiento racional con relación a fines no trae naturalmente por consecuencia que la interpretación racional haya de ser considerada, de manera especial, meta de la explicación sociológica. A causa del papel que en la acción del hombre desempeñan «estados emocionales» y afectos «irracionales con relación a fines», y puesto que toda consideración comprensiva racional con relación a fines tropieza de continuo con fines, que, por su parte, ya no pueden ser interpretados como «medios» racionales para otros fines sino que es preciso aceptarlos como orientaciones teleológicas no susceptibles de ulterior interpretación racional -por más que su origen pueda pasar a ser, como tal, objeto de una explicación comprensiva que proceda «psicológicamente»-, con igual derecho se podría afirmar precisamente lo contrario. Es evidente, sin embargo, que muy a menudo el comportamiento interpretable racionalmente configura, respecto del análisis sociológico de conexiones comprensibles, el «tipo ideal» más apropiado. Tanto la sociología como la historia realizan interpretaciones de índole ante todo «pragmática», a partir de nexos racionalmente comprensibles de la acción. Así procede, por ejemplo, la economía social, con su construcción racional del «hombre económico». Y, por cierto, no de otro modo opera la sociología comprensiva. En efecto, su objeto específico no lo constituye para nosotros un tipo cualquiera de «estado interno» o de comportamiento externo sino la acción. Pero «acción» (incluidos el omitir y el admitir deliberados) significa siempre para nosotros un comportamiento comprensible en relación con «objetos», esto es un comportamiento especificado por un sentido (subjetivo) «poseído» o «mentado », no interesa si de manera más o menos inadvertida. La contemplación budista y el ascetismo cristiano de la conciencia íntima se relacionan, respecto del actor, de manera subjetivamente plena de sentido, con objetos «internos», mientras que la disposición económica racional de un hombre en cuanto a bienes materiales se relaciona con objetos «externos». Ahora bien, la acción que específicamente reviste importancia para la sociología comprensiva es, en particular, una conducta que 1) está referida, de acuerdo con el sentido subjetivamente mentado del actor, a la conducta de otros; 2) está co-determinado en su decurso por esta su referencia plena de sentido, y 3) es explicable por vía de comprensión a partir de este sentido mentado (subjetivamente). Con el mundo exterior y en especial con la acción de los otros relaciónanse también, de manera subjetivamente provista de sentido, las acciones afectivas y los «estados emotivos» que revisten importancia respecto del curso de la acción, es decir indirectamente, como el «sentimiento de dignidad», el «orgullo», la «envidia», los «celos». La sociología comprensiva no se interesa, sin embargo, en los fenómenos fisiológicos y en los antes llamados «psicofísicos» como por ejemplo esfigmogramas, cambios de los tiempos de reacción y otros similares, ni en los datos psíquicos brutos, como por ejemplo la combinación de sentimientos de tensión, de placer y displacer que pueden caracterizar a aquellos. Ella, en cambio, establece diferenciaciones siguiendo referencias típicas, provistas de sentido, de la acción (ante todo referencias a lo externo), por lo cual, como veremos, lo racional con relación a fines le sirve como tipo ideal, precisamente para poder estimar el alcance de lo irracional con relación a fines. Solo si se quisiese caracterizar el sentido (subjetivamente mentado) de su referencia como el «aspecto interno» de la conducta humana -giro este no carente de peligros- se podría afirmar que la sociología comprensiva considera aquellas manifestaciones exclusivamente «desde el interior» es decir sin computar sus fenómenos físicos a psíquicos. Por lo tanto, diferencias en cuanto a cualidades psicológicas no revisten por sí solas importancia para nosotros. La identidad de la referencia provista de sentido no se liga a la identidad de las constelaciones «psíquicas» que eventualmente se presenten, aunque diferencias en un aspecto puedan estar condicionadas por diferencias en el otro. Una categoría como «afán de lucro», sin embargo, en modo alguno pertenece a una «psicología». En efecto, «idéntico» afán de «rentabilidad» por parte de una «misma» empresa comercial puede, no sólo ir unido en dos propietarios sucesivos con «rasgos de carácter» absolutamente heterogéneos, sino estar condicionado de manera directa, en cuanto a su curso y a su resultado en todo idéntico, por constelaciones «psíquicas» en definitiva contrapuestas; también las «orientaciones teleológicas» últimas y por lo tanto (para la psicología) decisivas suelen carecer de todo parentesco. Procesos que no tienen un sentido subjetivamente referido al comportamiento de otros no por eso son indiferentes desde el punto de vista sociológico. Por lo contrario, pueden encerrar en sí las condiciones decisivas de la acción y, por lo tanto, sus fundamentos determinantes. Por ejemplo al «mundo externo» carente de sentido, a las cosas y proceso; de la naturaleza se refiere exclusivamente la acción, de un modo provisto de sentido, en una parte esencialísima de las ciencias comprensivas, a saber, la acción, teóricamente construida, del hombre económico aislado. Pero la pertinencia para la sociología comprensiva de procesos que carecen de una «referencia a sentido» subjetiva como las senes estadísticas de nacimientos y muertes, los procesos de selección de los tipos antropológicos, pero también los hechos meramente psíquicos, consiste exclusivamente en su papel de «condiciones» y «consecuencias» respecto de las cuales se orienta la acción provista de sentido, como es el caso, en la economía política, de los estados climáticos o fisiológico-vegetativos.

Los procesos de la herencia, por ejemplo, no son comprensibles a partir de un sentido subjetivamente mentado, y, como es obvio, lo único que logran las comprobaciones de la ciencia natural a medida que se vuelven más exactas, es disminuir en algo esa incomprensibilidad. Supongamos que alguna vez se logre -a sabiendas nos expresamos, de manera «no profesional»-poner en conexión, de algún modo aproximadamente unívoco el grado de subsistencia de cualidades e impulsos determinados, pertinentes desde el punto de vista sociológico, tales, por ejemplo, que favorezca el nacimiento de la aspiración a ciertas formas de poder social o bien la posibilidad de alcanzarlas -como, en general, la capacidad de orientar racionalmente la acción o, en particular, otras cualidades intelectuales específicas-, con un índice craneano o con la pertenencia a determinados gropos humanos, caracterizables a través de ciertos rasgos, cualesquiera que estos sean. En tal caso la sociología comprensiva, como es obvio, tendría que tomar en cuenta en su labor estos hechos especiales del mismo modo como, por ejemplo, lo haría con el sucederse típico de las edades del hombre o bien su carácter de ser mortal en general. Sin embargo, su tarea propia comenzaría precisamente am donde hubiera que explicar de manera interpretativa: 1) mediante que acción provista de sentido, referida a objetos, pertenezcan estos al mundo externo o al interno, procuraron los hombres dotados con aquellas cualidades heredadas específicas realizar el contenido de su aspiración de tal modo codeterminada o favorecida, "i en que medida y por que esto se alcanza, y 2) que consecuencias comprensibles ha tenido esta aspiración (condicionada hereditariamente) respecto del comportamiento de otros hombres, que también contenga una referencia provista de sentido.

2. Relación con la «psicología»

De acuerdo con todo lo dicho, la sociología comprensiva no forma parte de una «psicología». El «género más comprensible» directamente, propio de la estructura provista de sentido de una acción, es por cierto la acción orientada, en lo subjetivo, de manera estrictamente racional siguiendo medios a los que se considera (subjetivamente) como unívocamente adecuados para el logro de fines aprehendidos como (subjetivamente) unívocos y claros. Y ello del mejor modo posible, cuando también al investigador le parecen aquellos medios apropiados para estos fines. Cuando una acción tal es «explicada», ello no significa, sin embargo, que se pretenda deducirla a partir de estados de cosas «psíquicos»; antes a la inversa se pretende deducirla, como es manifiesto, sólo a partir de las expectativas que en efecto se alimentaron, de manera subjetiva, en torno del comportamiento de los objetos (racionalidad con relación a fines subjetiva), así como de las que se tuvo el derecho de alimentar según reglas válidas de experiencia -racionalidad con relación a lo regular (Richtigkeitsrationalität), objetiva-. Mientras más unívocamente este orienta una acción de acuerdo con el tipo de la racionalidad con relación a regular, tanto menos será posible comprender con sentido su curso mediante consideraciones psicológicas cualesquiera: A la inversa, toda explicación de procesos irracionales, es decir, aquellos en los que pasaron inadvertidas las condiciones «objetivamente» regulares de la acción racional con relación a fines, bien aquellos en que se desecharon en medida relativamente importante también las consideraciones racionales con relación a fines propios del actor -en un «pánico bursátil», p ej.-, necesita, ante todo, establecer cómo se habría actuado en el caso límite, el del tipo ideal racional, de una racionalidad absoluta con relación a fines y a lo regular. Solo entonces, es decir, solo establecido esto, puede cumplirse, como lo enseña la más elemental consideración, la imputación causal respecto de componentes «irracionales» tanto subjetivos cuanto objetivos, puesto que sólo entonces se sabe qué es explicable, respecto de la acción -para emplear una expresión cuyo uso es característico-, «de manera exclusivamente psicológica», esto es, imputable a conexiones que dependen de una orientación objetivamente errónea o bien de una intencionalidad con relación a fines subjetiva y por último del motivos que pueden ser interpretados como aprehensibles solo según reglas de experiencia, pero que son por completo incomprensibles, o bien como comprensibles, mas no racionales con relación a fines. No existe otro medio para establecer qué ha revestido importancia, en cuanto al curso de la acción, entre los elementos de la situación «psíquica», que suponemos aquí conocidos de manera completa. Esto vale sin excepción alguna para cualquier imputación histórica y sociológica. Sin embargo, las «orientaciones teleológicas» últimas, aprehensibles con «evidencia» y «comprensibles» en este sentido («susceptibles de revivencia simpatética»), con las que tropieza una psicología comprensiva (por ejemplo, el «impulso sexual»), constituyen sólo datos que han de ser aceptados en principio del mismo modo que otros datos cualesquiera, por ejemplo, una constelación de facticidades que careciera por completo de sentido.

Entre la acción que está orientada (en lo subjetivo) de modo absolutamente racional con relación a fines y los datos psíquicos absolutamente incomprensibles se encuentran, ligadas en la realidad mediante múltiples transiciones, las conexiones comprensibles (irracionales con relación a fines) comúnmente llamadas «psicológicas», cuya difícil casuística no podemos tratar aquí, ni siquiera de manera indicativa. La acción orientada en lo subjetivo de manera racional con relación a fines y la acción («racional con relación a lo regular») orientada «de modo correcto» (richtig) hacia lo objetivamente válido difieren radicalmente. A juicio del investigador, una acción por explicar puede parecer racional con relación a fines en alto grado, pero orientada según suposiciones del actor que carecen de toda validez. Por ejemplo, una acción orientada siguiendo representaciones mágicas muy a menudo presenta en lo subjetivo un carácter más racional con relación a fines que ciertos comportamientos «religiosos» no mágicos, puesto que la religiosidad, a medida que avanza el desencantamiento del mundo se ve forzada a aceptar cada vez más (en lo subjetivo) referencias de sentido irracionales con relación a fines (por ejemplo, referencias «de conciencia» o místicas). Aun prescindiendo de la imputación, la historiografía y la sociología tienen que ver de continuo también con las relaciones que el curso de hecho de una acción comprensible, provista de sentido, mantiene con aquel tipo que la acción «debió» adoptar en caso de corresponder a lo «válido» (para el propio investigador) queremos decir con ello al «tipo regular» (Richtigkeitstypus).

En efecto, el hecho de que un comportamiento orientado, subjetivamente provisto de sentido, corresponda a un tipo regular, se contraponga a él o se le acerque en mayor o menor medida, puede constituir, para determinados fines (no para todos) de la historiografía y de la sociología, un estado de cosas de suma importancia «en bien de sí mismo», es decir, a consecuencia de las relaciones de valor rectoras. Además, este será, ante todo respecto del término externo de la acción -del «resultado»-, un momento causal decisivo. Trátase, por lo tanto, de un estado de cosas respecto del cual, en cada caso, han de revelarse las precondiciones históricas concretas o sociológicas típicas, de modo tal que se vuelva comprensible, y que por esa vía quede explicada, a través de la categoría de la «causación adecuada provista de sentido», la proporción de identidad, apartamiento o contradicción del curso empírico respecto del tipo regular. La coincidencia con el «tipo regular» constituye la conexión causal «más comprensible», en cuanto la «más adecuada, provista de sentido» «Causado adecuadamente de una manera provista de sentido» a partir de la historia de la lógica es el hecho de que, dentro de una trabazón de argumentos sobre cuestiones lógicas, bien determinada y subjetivamente provista de sentido (esto es, dentro de un («estado de problemas»), a un pensador se le «ocurra» una idea que se aproxime al tipo regular (correcto) de la «solución». Y ello del mismo modo como, en principio, la orientación hacia lo real «según experiencia» de parte de cierto actuar nos parece «causada de manera adecuada, provista de sentido».

Sin embargo, el que el decurso real de cierto actuar se aproxime grandemente al tipo regular, esto es la racionalidad con relación a lo regular fáctica, objetiva, muy lejos está de coincidir necesariamente con un actuar que sea en lo subjetivo racional con relación a fines y esté orientado siguiendo fines unívocos, plenamente conscientes, y medios escogidos de manera consciente como «adecuados». Una parte esencialísima de la labor de la psicología comprensiva consiste, precisamente, en revelar conexiones observadas de modo insuficiente o bien inadvertidas, que, por lo tanto, no están en lo subjetivo orientadas racionalmente en este sentido, las cuales, sin embargo, en buena medida apuntan hacia una conexión comprensible como objetivamente «racional». Prescindimos por completo aquí de ciertas partes de la labor del llamado psicoanálisis que presentan este carácter; pero también una construcción como la teoría del resentimiento, de Nietzsche, implica una interpretación, en cuanto deduce, a partir de una situación de intereses pragmáticos, una racionalidad objetiva -observada de manera deficiente o bien inadvertida por no haber sido «declarada» a partir de fundamentos comprensibles- del comportamiento externo o interno. Y ello, por otra parte, del mismo modo como lo implicaba (desde el punto de vista metodológico) la teoría del materialismo económico, que precedió a la de Nietzsche en algunas décadas. En tales casos lo racional con relación a fines en lo subjetivo, aunque no sea observado, y lo objetivamente racional con relación a lo regular entran de manera harto fácil en una relación no siempre bien aclarada, que, sin embargo, no hemos de tratar con más detalle aquí. Solo nos interesa indicar, en efecto a grandes trazos (y de manera necesariamente imprecisa), aquello que lo «meramente psicológico» del «comprender » presenta siempre de problemático y limitado. Por un lado, está una racionalidad inadvertida («no declarada»), relativamente abarcadora, de la conducta que aparece como por entero irracional con relación a fines, y que se vuelve «comprensible » a causa de esa racionalidad. Por el otro lado, el hecho, al que se puede documentar de cien maneras (en la historia de la cultura), de que fenómenos que en apariencia están condicionados de manera directamente racional con relación a fines estuvieron originados históricamente, en verdad, por motivos enteramente irracionales, hasta que la mutación de las condiciones de vida les otorgó un alto grado de «racionalidad con relación a lo regular» técnica, con lo que sobrevivieron «adaptados» y basta, en ocasiones, se difundieron universalmente.

La sociología toma nota, naturalmente, no sólo de la existencia de «motivos presuntos» del obrar, de «satisfacciones sustitutas» de orientaciones impulsivas, y similares, sino, más todavía, de que elementos cualitativos lisa y llanamente «incomprensibles» de un proceso de motivaciones lo co-determinan del modo más estricto también en cuanto a su referencia provista de sentido y al tipo de su repercusión. Una acción «igual», en cuanto a su referencia provista de sentido, cobra en ocasiones, meramente a causa de los diferentes «tiempos de reacción» cuantitativos de los participantes, un curso radicalmente distinto en cuanto a su efecto final. Precisamente tales diferencias y disposiciones ante todo cualitativas conducen, siguiendo cadenas de motivación originariamente «idénticas», a que la referencia de los participantes, «provista de sentido», tome a menudo caminos heterogéneos también en cuanto al sentido. Para la sociología existen los siguientes tipos de acción, ligados «en» y «respecto de» un hombre mediante continuas transiciones: 1) el tipo de lo regular, alcanzado de manera más o menos aproximada; 2) el tipo orientado de manera (subjetivamente) racional con relación a fines; 3) el tipo más o menos consciente o advertido y orientado de manera racional con relaciones a fines de modo más o menos unívoco; 4) el tipo no racional con relación a fines, pero que muestra una conexión comprensible provista de sentido; 5) el comportamiento motivado mediante conexión más o menos comprensible provista de sentido, pero co-determinado o interrumpido con mayor o menor intensidad por elementos incomprensibles, y, por fin, 6) los hechos psíquicos o físicos totalmente incomprensibles.

Con respeto a tales tipos de acción, la sociología sabe que no cualquier actuar que transcurra de manera «racional con relación a lo regular» estuvo condicionado en lo subjetivo como racional con relación a fines. Es obvio también para ella, en particular, que no son las conexiones discernibles de manera lógica, racional, las que determinan la acción real, sino como suele decirse, las «psicológicas». Lógicamente, por ejemplo, es posible deducir como «consecuencia», a partir de una religiosidad místico-contemplativa, la indiferencia por la salvación de los otros, y, a partir de la creencia en la predestinación, el fatalismo o también el anomismo ético. De hecho, sin embargo, la primera puede conducir, en determinados casos típicos, a una especie de euforia, poseída subjetivamente como un sentimiento de amor, que, en verdad, carece de objeto -y que en esa medida presenta una conexión «incomprensible», al menos parcialmente-, y que en la acción social es a menudo «retomado» como «acosmismo del amor» -conexión comprensible, naturalmente, no como «racional con relación a fines», sino como psicológica-. Por su parte, la creencia en la predestinación puede, en caso de que se presenten ciertas condiciones (enteramente comprensibles), admitir, incluso como comprensible de manera específicamente racional, que la capacidad de realizar una acción activamente ética se vuelva, para el creyente, fundamento cognoscitivo de su salvación personal, y, con ello, desarrollar esta cualidad, en parte de manera racional con relación a fines y, en parte, enteramente comprensible y provista de sentido. Por otra parte, sin embargo, el punto de vista de la creencia en la predestinación puede ser, de un modo «psicológicamente comprensible», producto de vicisitudes de la vida y de cualidades de «carácter» (que han de aceptarse como datos) muy determinadas y comprensibles también, con sentido, en sus conexiones. Y bien, ya es suficiente: para la sociología comprensiva, las relaciones con la «psicología» son distintas en cada caso particular. La racionalidad regular objetiva sirve a la sociología como tipo ideal respecto del actuar empírico; la racionalidad con relación a fines, respecto de lo comprensible psicológicamente con sentido, y lo comprensible con sentido respecto del actuar motivado de manera incomprensible; mediante comparación con el tipo ideal se establecen, con miras a la imputación causal, los elementos irracionales (en el sentido en cada caso diferente de este término) pertinentes desde el punto de vista causal.

La sociología impugnaría la suposición de que «comprensión» y «explicación» causal carecen de toda relación recíproca porque parten en su labor de polos totalmente contrapuestos del acaecer, y en particular porque la frecuencia estadística de un comportamiento en modo alguno vuelve a este más «comprensible» ni provisto de sentido, así como la «comprensibilidad» óptima nada dice como tal en favor de la frecuencia, sin que, antes al contrario, las más de las veces una racionalidad con relación a fines subjetiva, absoluta, implica lo contrario. En efecto, no obstante ese argumento, las conexiones anímicas comprendidas con sentido y, en especial, los procesos de motivación orientados de manera racional con relación a fines valen, para la sociología, como miembros de una cadena causal, la que, por ejemplo, parte de circunstancias «externas», y, a su término, conduce de nuevo a un comportamiento «externo». Las interpretaciones «provistas de sentido» de una conducta concreta no son para ella, naturalmente, como tales, aun si presentan la máxima«evidencia», otra cosa que meras hipótesis respecto de la imputación. Necesitan, por lo tanto, de una verificación que empleará llegado el caso los mismos medios que cualquier otra hipótesis. Valen para nosotros como hipótesis utilizables, en cuanto podamos suponer una «posibilidad», muy variable en casos particulares, de que presenten cadenas de motivación «provistas de sentido» (subjetivamente). Cadenas causales en las que, mediante hipótesis interpretativas, se introducen motivaciones orientadas de manera racional con relación a fines son directamente accesibles, como «explicaciones», por cierto bajo determinadas circunstancias favorables y en relación -también- con esa misma racionalidad, a la comprobación estadística y, en tales casos, asimismo a una prueba óptima (relativamente) de su validez. A la inversa, datos estadísticos (y entre ellos se cuentan muchos datos de la «psicología experimental»), todas las veces que denoten el decurso o las consecuencias de una conducta que encierre en sí algo interpretable de manera comprensible, quedan para nosotros «explicados» sólo cuando reciben también una efectiva interpretación provista de sentido en el caso concreto. El grado de racionalidad con relación a lo regular de un actuar es, para una disciplina empírica, una cuestión en definitiva también empírica. En efecto, las disciplinas empíricas laboran, todas las veces que se trata de las relaciones reales entre sus objetos (y no de sus propios supuestos lógicos), inevitablemente sobre la base del «realismo ingenuo»; lo hacen sólo en diversas formas en cada caso, según la índole cualitativa del objeto. Por ello, también las proposiciones y normas lógicas y matemáticas, allí donde son objeto de investigación sociológica, por ejemplo cuando el grado de su «empleo» racional con relación a lo regular se convierte en tema de indagación estadística, no son para nosotros otra cosa, desde el punto de vista «lógico», que hábitos convencionales de un comportamiento práctico -si bien, por otra parte, su validez es «presupuesto » del trabajo del investigador-. Nuestra labor contiene también, por cierto, aquella importante problemática que apunta a determinar en qué grado la relación de la conducta empírica con el tipo regular pasa a ser, en verdad, un momento de desarrollo causal, real, de procesos empíricos. Pero el indicar hacia esa situación objetiva, como tal, en modo alguno es propio de una orientación de la labor investigadora que prive al objeto de su carácter empírico, sino de una labor determinada por relaciones de valor, que condiciona la índole de los tipos ideales aplicados, así como su función. No es preciso considerar aquí de manera más acabada la importante problemática universal, tan difícil de captar en su sentido propio, de lo«racional» en la historia.[2] Desde el punto de vista de los conceptos generales de la sociología, en efecto, la aplicación del «tipo regular», lógicamente considerada, no es en principio otra cosa que un caso de formación de tipos ideales, aun cuando a menudo revista la máxima importancia. De acuerdo con su principio lógico, precisamente, no desempeña este papel de modo diferente de como, llegado el caso, lo haría un «tipo irregular» convenientemente escogido, según el respectivo propósito de la investigación. En cuanto a tal tipo, sin embargo, la distancia respecto de lo «válido» es lo decisivo. Pero desde el punto de vista lógico no media diferencia en cuanto a si un tipo ideal es formado a partir de conexiones comprensibles provistas de sentido, o bien de conexiones específicamente carentes de sentido. Así como en el primer caso está formado por la «norma» válida, en el segundo el tipo ideal lo está por una facticidad sublimada desde lo empírico como tipo «puro». Pero tampoco en el primer caso el material empírico es formado mediante categorías de la «esfera de validez». Solo el tipo ideal, construido, es extraído de ésta. Además, en qué medida un tipo regular se vuelve adecuado como tipo ideal es algo que depende por entero de relaciones de valor.

3. Relación con la teoría jurídica

El propósito del «comprender», como modo de consideración, es también, en definitiva, el fundamento por el cual la sociología comprensiva (en nuestro sentido) trata al individuo aislado y a su obrar como la unidad última, como su «átomo», si es que se nos admite esta peligrosa comparación. Otros modos de consideración pueden tener por tarea considerar al individuo, pongamos, como un complejo de «procesos» psíquicos, químicos o de cualquier otro tipo. Para la sociología, sin embargo, todo lo que sobrepasa el umbral de un comportamiento susceptible de interpretación con sentido, relacionado con objetos (internos o externos), no entra en consideración de otro modo que los procesos de la naturaleza «carente de sentido», a saber, como condición u objeto de referencia subjetiva para aquel. No obstante, por esa misma razón el individuo constituye, para ese modo de consideración, el límite y el único portador del comportamiento provisto de sentido. Ningún giro expresivo que parezca apartarse de el puede enmascarar este hecho. Pertenece a la índole, no sólo del lenguaje, sino también de nuestro pensamiento el que los conceptos con que es aprehendido el actuar hagan aparecer a este con el aspecto de un ser fijo, de una formación semejante a una cosa o a una «persona» que lleva vida propia. Lo mismo sucede, y hasta particularmente, en la sociología. Conceptos como «Estado», «feudalismo», «corporación» y otros parecidos designan, para la sociología, en general, categorías que se refieren a modos determinados de actuar humano en sociedad, y por lo tanto su tarea consiste en reducirlos a un actuar «comprensible », lo cual significa, sin excepción, al actuar de los hombres participantes. Esto no necesariamente es así en el caso de otros modos de consideración. Ante todo, ello distingue el modo de consideración sociológico del jurídico. El derecho, por ejemplo, en ciertas circunstancias trata al «Estado» como si fuese una «personalidad de derecho» al igual que un individuo, porque su labor orientada a la interpretación del sentido objetivo, esto es, al contenido normativo de preceptos jurídicos, hace que tal instrumento conceptual aparezca como útil y hasta como imprescindible. Del mismo modo, un precepto jurídico considera los embriones como «personalidades de derecho», mientras que para disciplinas comprensivas empíricas la transición de una facticidad pura de la conducta prácticamente pertinente a un «actuar» comprensible con sentido es, también en el caso de los niños, por completo fluctuante. La sociología, por lo contrario, en cuanto para ella el «derecho» entra en consideración como objeto, no tiene que ver con la dilucidación del contenido de sentido «objetivo», lógicamente correcto, de «preceptos jurídicos», sino con un actuar, respecto de cuyos determinantes y de cuyas resultantes, naturalmente, revisten también importancia, entre otras, las representaciones de los hombres acerca del «sentido» y del «valor» de determinados preceptos jurídicos. Ella sólo va más allá del constatar la existencia de hecho de tal representación de la validez en cuanto 1) toma en cuenta también la probabilidad de la difusión de tales representaciones, y 2) reflexionando acerca de si, en determinadas circunstancias que pueden ser precisadas, el hecho de que en la cabeza de determinados hombres dominen ciertas representaciones, empíricamente determinadas en cada caso, acerca del «sentido» de un «precepto jurídico»; representado como válido tiene por consecuencia que el actuar pueda estar orientado racionalmente hacia ciertas «expectativas» y, por lo tanto, proporcione a individuos concretos «chances» determinadas. Su conducta puede estar considerablemente influida por esa vía. Esta es la significación sociológica, conceptual, de la «validez» empírica de un «precepto jurídico». Para la consideración sociológica, en consecuencia, tras de la palabra «Estado» -en caso de que la emplee- sólo hay un proceso de acciones humanas de índole particular. Cuando se ve obligada, pues, en este caso como en muchos otros, a emplear los mismos términos que la ciencia jurídica, ella no mienta el sentido jurídicamente «correcto» de estos. Es este, sin embargo, el inevitable destino de toda sociología, a saber: que deba emplear muy a menudo, para la consideración de las continuas y ubicuas transiciones entre los casos «típicos»; que el actuar real muestra, las precisas expresiones jurídicas -precisas porque descansan en la interpretación silogística de normas- para luego atribuirles su propio sentido, radicalmente diverso del jurídico. Añádase a esto todavía que, conforme a la naturaleza del objeto, debe proceder de continuo empleando conexiones «corrientes», cuyo sentido se conoce a partir de la vida cotidiana, con miras a la definición de otras, y volviendo luego a definir aquellas con ayuda de las segundas. Examinaremos algunas definiciones de este tipo.

4. El «actuar en comunidad»

Hablamos de «actuar en comunidad» allí donde la acción humana se refiere de manera subjetivamente provista de sentido a la conducta de otros hombres. Una colisión involuntaria entre dos ciclistas, por ejemplo, no ha de ser considerada un actuar en comunidad. Si, en cambio, los eventuales intentos de ambos por evitar el choque o producido este, el que «riñan» o «discutan» un «arreglo» amigable. Para la imputación causal sociológica, el actuar en comunidad no es por cierto lo único importante. Empero, constituye el objeto primario de una sociología «comprensiva». Un elemento normal importante -aunque no indispensable- del actuar en comunidad lo constituye, en particular, su orientación, provista de sentido, hacia las expectativas de una determinada conducta por parte de los otros y hacia las chances, calculadas (subjetivamente) sobre esa base, que ofrece la consecuencia del propio actuar. Un principio explicativo en extremo importante y comprensible del actuar es, de acuerdo con esto, la subsistencia objetiva de estas chances, es decir la probabilidad mayor o menor, expresable en un «juicio de posibilidad objetiva», de que estas expectativas sean justas. En especial, cualquier actuar «racional con relación a fines», en el sentido antes definido, es un actuar orientado hacia expectativas. Más adelante nos detendremos en esto. Estudiamos primero el hecho de la expectativa alentada de manera subjetiva. En principio parece a primera vista indiferente que las que se señalen el camino al actuar propio de quien las alienta sean expectativas de determinados procesos naturales, esperados ya sea sin intervención del actor o bien como reacciones frente a su actuar tendiente precisamente aquí sobrevengan, o bien, de manera semejante, expectativas de una determinada conducta de parte de otros hombres. Pero las expectativas de una determinada conducta de parte de otros hombres pueden también fundarse, en el caso de quien actúa de manera subjetivamente racional, en el hecho de que el subjetivamente cree poder esperar de ellos una conducta provista de sentido en lo subjetivo, y, por lo tanto, calcular de antemano, con un diverso grado de probabilidad, a partir de relaciones determinadas, provistas de sentido, las chances de esa conducta. En particular, esta expectativa puede fundarse subjetivamente en el hecho de que el actor «se entiende» con él o los otros, ha entrada en «acuerdos» con ellos, cuya «disposición interna» cree tener motivos para esperar de acuerdo con el sentido mentado por el mismo. Esto proporciona ya una particularidad cualitativa específica del actuar en comunidad, puesto que constituye una ampliación esencial de aquel circulo de expectativas según el cual el actor cree poder orientar su propio actuar de manera racional con relación a fines. El sentido posible (subjetivamente mentado) del actuar en comunidad en modo alguno se agota en la orientación en vista de «expectativas» del «actuar» de terceros en especial. En el caso limite puede prescindir por entero de estas, y el actuar referido por su sentido a tercetos puede estar orientado de manera exclusiva hacia el «valor», subjetivamente creado, de su contenido de sentido en cuanto tal («deber» u otro), en cuyo caso no se orienta en vista de expectativas sino de valores. Del mismo modo, en el caso de las «expectativas», su contenido no ha de constituirlo necesariamente un actuar, sino que puede serlo también, por ejemplo, un mero comportamiento intimo (como una «alegría») del tercero. La transición del tipo ideal desde la conducta propia referida, con sentido, a la conducta con sentido de un tercero, hasta el caso extremo en que el tercero (un niño de pecho, por ejemplo) entra en consideración sólo como «objeto» es, empíricamente, en un todo imprecisa. El actuar orientado en vista de expectativas de un actuar con sentido es, para: nosotros, sólo el caso límite racional.

Pero siempre «actuar en comunidad» significa para nosotros: 1) un comportamiento históricamente observado, o bien 2) un comportamiento construido teóricamente, como objetivamente «posible» o «probable», realizado por individuos en relación con comportamientos reales, o representados como potenciales, de otros individuos. Es preciso mantener esto firmemente también en el caso de las categorías que pasamos a dilucidar ahora.

5. La «asociación» y el «actuar en sociedad»

Denominamos actuar asociado («actuar en sociedad») a un actuar en comunidad en la medida en que 1) se oriente, con sentido, hacia expectativas alentadas sobre la base de ordenamientos, cuando 2) el «estatuto» de estos se ha realizado de manera puramente racional con relación a fines, con miras al actuar de los asociados esperado como consecuencia, y cuando 3) la orientación provista de sentido se produce, en lo subjetivo, de manera racional con relación a fines. Un orden estatuido, en el sentido puramente empírico que estamos considerando es -como lo definiremos aquí de manera sólo provisional- o bien 1) un requerimiento de unos hombres a otros, unilateral y, en el caso límite racional, expreso, o 2) una explicación recíproca bilateral entre hombres, expresa en el caso límite, con el contenido subjetivamente mentado de que se prevea o espere un tipo determinado de actuar. Toda otra precisión acerca de esto queda por ahora en suspenso.

El que un actuar esté «orientado» con sentido, en lo subjetivo, hacia un orden estatuido sólo puede significar, ante todo, que al actuar subjetivamente previsto de los individuos asociados corresponde objetivamente también su actuar de hecho. El sentido de un orden estatuido, y, por lo tanto, la acción propia -prevista- o la de otros -esperada- puede ser captado, sin embargo, por parte de los individuos asociados, o bien interpretado más tarde por ellos, de maneras distintas, con lo cual un actuar que esté orientado en lo subjetivo de acuerdo con un orden (considerado idéntico, subjetivamente, por los participantes) no necesariamente ha de ser también en lo objetivo de idéntica índole en casos idénticos. Y, además, una «orientación», del actuar hacia un orden estatuido puede consistir también, en que su sentido subjetivamente aprehendido sea infringido de manera consciente por parte de un individuo asociado. Alguien que de manera consciente y deliberada contravenga el sentido, por el subjetivamente aprehendido, del orden de un juego de naipes, y que por lo tanto juegue con «trampas», sigue siendo también, sin embargo, «jugador participante», en contraposición a quien se sustrajese de seguir jugando. Y ello del mismo modo como un «ladrón» o un «asesino», orientan su conducta en vista de aquellos mismos ordenamientos que infringen de manera subjetivamente consciente y provista de sentido, en cuanto ocultan su hacer o su persona. Por lo tanto, para la «validez», empírica de un orden estatuido racional con relación a fines lo decisivo no consiste en que los actores individuales orienten de continuo su propio actuar de acuerdo con el contenido de sentido interpretado subjetivamente por ellos. Antes bien, puede significar dos cosas: 1) que de hecho (subjetivamente) los individuos, por regla general, como el jugador tramposo y el ladrón, alienten la expectativa de que los otros individuos asociados han de configurar en promedio su conducta «como si» tomasen por modelo de su actuar la disposición interna del orden estatuido y 2) que ellos, de acuerdo con la estimación, que se aplica como promedio, de las chances del comportamiento humano, puedan alentar objetivamente tales expectativas (lo cual constituye una formulación particular de la categoría de «causalidad adecuada»). Desde el punto de vista lógico es preciso distinguir firmemente ambas cosas. La primera es un hecho que se presenta de manera subjetiva entre los actores que forman el objeto de observación, es decir, un hecho supuesto como existente «en promedio» por parte del investigador. La segunda constituye una chance que el sujeto cognoscente (el investigador) ha de calcular objetivamente por referencia a los conocimientos y a los hábitos de pensamiento probables del actor. En la formación de conceptos generales, sin embargo, la sociología atribuye a los participantes en el actuar, como subjetivamente existente, una cierta «capacidad» promedio de comprensión, exigida para evaluar aquellas chances. Esto significa que presupone de una vez para siempre, a modo de tipo ideal que las chances objetivamente existentes como promedio son calculadas también de manera aproximada, subjetivamente, por los sujetos de la acción racional con relación a fines. Por lo tanto, también para nosotros la «validez» empírica de un orden debe consistir en el carácter objetivamente fundado de aquellas expectativas de conducta promedio (categoría de la «posibilidad objetiva»). En sentido especial, ha de consistir en que para nosotros, de acuerdo con la situación del calculo de los hechos, probable según promedio en cada caso, un actuar orientado subjetivamente, en su contenido de sentido, en vista de aquellas expectativas de conducta promedio, es un actuar «adecuadamente causado». Por ello las chances calculables objetivamente de las expectativas posibles hacen también las veces de fundamento cognoscitivo, comprensible en medida suficiente, de la existencia probable de aquellas expectativas entre los actores. Ambas cosas coinciden aquí de hecho, en cuanto a su expresión, casi inevitablemente, sin que por ello, como es natural, desaparezca el abismo lógico que las separa. Como es obvio, sólo en el primero de los sentidos considerados -como juicio de posibilidad objetiva- entiéndese que aquellas chances son, como promedio, apropiadas para servir de base alas expectativas subjetivas de los actores de manera provista de sentido, y que «por ello» sirvieron en efecto (en medida considerable).

Creemos que la exposición anterior ha de haber puesto en claro que, entre la alternativa de persistencia o cesación de una asociación, alternativa que parece excluyente desde el punto de vista lógico, en la realidad existe una escala continua de transiciones. En cuanto todos los jugadores de una partida de naipes saben, unos de otros, que las reglas de juego acordado ya no se respetan; o bien en cuanto no subsiste ya ninguna chance objetivamente calculable de manera normal y «por eso» no se calcula subjetivamente ninguna, como, por ejemplo, la chance de que quien destruye la vida de otro se preocupe todavía normalmente por el orden al que de modo consciente infringe, puesto que esa misma infracción no deja entrever ninguna consecuencia para él; en tales casos, decimos, la existencia empírica de ese orden ha desaparecido y la asociación correspondiente no subsiste más. Ella subsiste solamente en la medida en que todavía perdure, en un ámbito significativo desde el punto de vista práctico, un actuar orientado según sus ordenamientos, cualesquiera que sean estos, de acuerdo con el sentido mentado como promedio. Los límites de tal perduración, empero, son imprecisos.

Síguese también de lo dicho, por ejemplo, que el actuar real de los individuos puede estar orientado, de manera subjetivamente provista de sentido, según múltiples ordenamientos que, de acuerdo con los hábitos de pensamiento prevalecientes en cada caso, se «contradigan» de una manera provista de sentido aunque «valgan» empíricamente uno al lado del otro. Las concepciones dominantes como promedio acerca del «sentido» de nuestra legislación, por ejemplo, prohíben absolutamente el duelo. Pero ciertas ideas muy difundidas acerca del «sentido» de convenciones sociales aceptadas como válidas[3] lo imponen. Cuando el individuo se bate a duelo, orienta su actuar según esos ordenamientos convencionales. Pero cuando oculta su acto, lo orienta según las leyes. El efecto práctico de la «validez» empírica de los dos ordenamientos, o sea, la validez que ha de esperarse como promedio respecto de la orientación subjetiva y provista de sentido del actuar, es distinto en este caso. Pero a ambos atribuimos una «validez» empírica, es decir el hecho de que el actuar se orienta según su sentido (aprehendido subjetivamente) a través de una orientación provista de sentido, y es influido por aquel. Sin embargo, como expresión normal de la «validez» empírica de un orden consideraremos la chance de que este «sea respetado». Esto significa que los individuos asociados cuentan con que, probablemente, la conducta de los otros será «adecuada al orden», de acuerdo con la concepción vigente como promedio, en cuanto ellos mismos rigen su actuar de acuerdo con las expectativas semejantes alentadas por los otros («actuar en sociedad conforme a un orden» ). Destaquemos enseguida que la «validez» empírica de un ordenamiento no se agota en el hecho de que, como promedio, las «expectativas» de los individuos asociados con respecto a su conducta fáctica sean fundadas. Esta es la significación más racional y por ello la aprehensible de manera más directa en sociología. Pero una conducta que, de parte de todos y cada uno de los participantes, se orientase exclusivamente según las «expectativas» de conducta de los otros sería sólo el caso límite absoluto respecto del mero «actuar en comunidad» e implicada también la absoluta falibilidad de estas expectativas mismas. Antes bien, estas se encuentran tanto más «fundadas» con probabilidad promedio cuanto más se pueda contar con que, en promedio, los participantes no orientan su propio actuar meramente según las expectativas del actuar de los otros, y, en cambio, esté difundida entre ellos, en medida importante, la convicción subjetiva de que la «legalidad» (aprehendida subjetivamente de manera provista de sentido) respecto del orden es «obligatoria» para ellos.

La conducta del «ladrón» y del «jugador tramposo» será para nosotros un actuar en sociedad «contrario a un orden» (subjetivamente); un actuar que por su intención se oriente subjetivamente de acuerdo con un orden, pero que se aparte de la interpretación de este, imperante en promedio, será un actuar en sociedad objetivamente «anormal». Más allá de estas categorías están los casos de actuar exclusivamente «condicionado por la asociación». Por ejemplo, el que alguien se vea obligado a tomar en cuenta, de manera racional con relación a fines, junto con sus otras acciones, las necesidades que se ha impuesto a través de la asociación (por ejemplo, si debe dejar de lado, a causa de las tareas impuestas, otras tareas). O bien, el que sea influido en su actuar ulterior (en el desarrollo de sus «amistades» o de su «estilo de vida» total), sin quererlo de manera racional con relación a fines y sin advertirlo, por el hecho de que ciertos sectores de su actuar estén orientados según ordenamientos acordados (el caso, digamos, de una secta religiosa). Todas estas distinciones son imprecisas en la realidad. No media diferencia alguna de principio entre que el actuar en sociedad se desarrolle siguiendo relaciones provistas de sentido entre los propios individuos asociados, o bien en relación con terceros; precisamente, esta segunda alternativa puede constituir el sentido mentado dominante de la asociación. Por lo contrario, el actuar orientado según los ordenamientos de la asociación puede ser diferenciado en un actuar «referido socialmente», que asume de manera directa los ordenamientos (interpretados, como siempre, de un modo subjetivo provisto de sentido) de la asociación, y que, por lo tanto, de acuerdo con el sentido mentado se dirige a la realización universal, sistemática, de su validez empírica o, a la inversa, a su modificación y completamiento, y un actuar meramente «regido socialmente», es decir, orientado según estos ordenamientos, pero no «referido socialmente» en el sentido indicado. También esta diferencia es imprecisa.

Tipo ideal racional de la asociación es para nosotros, provisionalmente, la «unión de fines», es decir un actuar en sociedad con un ordenamiento del contenido y de los medios de la acción social convenido por todos los participantes de manera racional con relación a fines. Cuando convinieron el ordenamiento (o lo «estatuyeron» ), los actores asociados, en el caso de la racionalidad típico-ideal, estipularon también, de manera subjetivamente unívoca, qué acción, cumplida de qué modo, por parte de qué personas exactamente, o bien de qué personas a elegir de determinado modo (los «órganos de la unión»), debe ser de «responsabilidad de la unión» y qué «sentido» ha de tener esto para los individuos asociados, es decir, qué consecuencias tendría para ellos. Estipularon además qué bienes objetivos y qué operaciones debían estar disponibles para el cumplimiento de los fines convenidos del actuar en sociedad («fines de la unión»), es decir, cuáles debían ser los «poderes propios de los fines». Del mismo modo estipularon que órganos de la unión debían disponer de ellos y cómo, y qué operaciones debían ejecutar los participantes en vista de los fines de la unión, qué acciones les estaban «impuestas», «prohibidas» o «permitidas», y qué participación en los beneficios podían esperar los miembros. Estipularon, por último, que órganos de la unión, bajo qué condiciones y a través de que medios debían aprontarse para el mantenimiento efectivo del ordenamiento convenido («aparato de coacción»). Cada participante en el actuar en sociedad confía, dentro de cierto ámbito, que los otros participantes se comporten (de manera aproximada y como promedio) según la convención, y toma en cuenta esta expectativa en caso de orientación racional de su propio actuar. Para la existencia empírica de la unión son indiferentes los fundamentos que el individuo crea tener para esa confianza, si él puede suponer objetivamente que, en cuanto al resultado, intereses cualesquiera, configurados del modo que fuese, recomiendan a los otros, con suficiente eficacia y como promedio, el mantenimiento del orden convenido. Como es natural, sin embargo, la chance presupuesta por el individuo, a saber, que en caso de no mantenimiento se impondrán constricciones físicas o psíquicas (aun tan suaves como, p. ej., la «admonición fraterna» del cristianismo), refuerza fuertemente la seguridad subjetiva de que aquella confianza no será, como promedio, defraudada, así como la probabilidad objetiva de que aquellas expectativas sean fundadas. El actuar que, de acuerdo con su contenido de sentido subjetivamente presupuesto como mentado en promedio, implica un «pacto» es, por contraposición al «actuar en sociedad» orientado según este pacto, un «actuar asociativo». Dentro del actuar, orientado según el pacto se encuentra el tipo más importante de actuar en sociedad «referido socialmente», por un lado el actuar en sociedad específico de los «órganos», por el otro el actuar en sociedad de los asociados, el cual se refiere de manera provista de sentido a aquel actuar de los órganos. En especial, dentro de la categoría -perteneciente a la asociación- de las «instituciones», que más adelante dilucidaremos (en particular del «Estado»), se suelen distinguir los ordenamientos creados para la orientación de este actuar, como derecho institucional («derecho público» en el caso del Estado ), de los que rigen las otras acciones de los individuos asociados. También dentro de la unión de fines, sin embargo, es válida idéntica distinción («derecho de la unión» por contraste con los ordenamientos creados a través de la unión). No hemos de ocuparnos aquí de estas antítesis (imprecisas).

Si está plenamente desarrollado, la unión de fines no constituye una «formación Social» efímera sino duradera. Esto significa que a pesar de la renovación de los participantes en el actuar en sociedad, por lo tanto, a pesar de que ciertas personas dejen de ser participantes y su lugar lo ocupen de continuo otras nuevas, no se considera, naturalmente, que se trate de asociaciones especiales, nuevas cada vez, sino de la misma que se mantiene idéntica. Esto sucede por tanto tiempo cuanto, a pesar de la renovación de las personas, cabe esperar de hecho, en una medida sociológicamente pertinente, un actuar orientado según ordenamientos «idénticos» del grupo. En sentido sociológico, sin embargo, es «idéntico» el ordenamiento (aprehendido subjetivamente) hasta tanto los hábitos de pensamiento promedio de los individuos asociados supongan esta identidad en relación con los puntos indicados comúnmente como los importantes. Pueden suponerla de manera más o menos unívoca o aproximativa, pues sociológicamente tal «identidad » es un estado de cosas enteramente relativo y fluctuante. Los individuos asociados en la unión pueden transformar de manera consciente los ordenamientos a través de un nuevo actuar asociativo o alterarlos mediante la transformación del modo en que prevalentemente se concibe su «sentido», o bien, y en especial, mediante la transformación de las circunstancias pueden cambiar o eliminar por completo, sin un nuevo actuar asociativo, la índole de su significación práctica para el actuar («cambio de significación», llamado también, de manera imprecisa, «cambio de fines»). En tales casos, que el sociólogo considere el actuar en sociedad que transcurre modificado como una formación social «nueva» o como una «prosecución» de la antigua respecto a los fines depende: 1) de la continuidad de las transformaciones; 2) del alcance relativo de los ordenamientos antiguos que perduran empíricamente bajo la forma de un actuar que se orienta de acuerdo con ellos, y 3) de la perduración de los órganos del grupo y del aparato de coacción que subsisten con las mismas personas o con personas seleccionadas del mismo modo, o bien que actúan de idéntico modo. Trátase también aquí de una situación que presenta transiciones continuas. De igual modo, depende de cada caso individual (y por lo tanto está determinado por los fines concretos de la investigación) cuándo una asociación ha de ser considerada una formación «independiente» y cuándo «parte» de una asociación más amplia. Empero esto último puede ocurrir de dos maneras distintas. En primer lugar, porque los ordenamientos «válidos» empíricamente de un actuar en sociedad no deriven exclusivamente, en cuanto a su estatuto, de quienes participan en este actuar (ordenamientos autónomos), sino que el actuar en sociedad esté codeterminado por el hecho de que los participantes orienten su actuar (como norma) también según los ordenamientos de otra asociación en la cual participan (ordenamientos heterónomos como el actuar en sociedad de la iglesia respecto de los ordenamientos del poder político o a la inversa). En segundo lugar, porque los órganos de una asociación estén, por su parte, asociados de algún modo en una formación más amplia de órganos de unión de otra asociación, como, por ejemplo, los órganos de un «regimiento» dentro del aparato global de la «administración militar» (unión de fines heterocéfala en contraposición a la autocéfala, como por ejemplo una unión libre o un «Estado» independiente). Heteronomía de los ordenamientos y heterocefalía de los órganos coinciden a menudo, aunque no necesariamente. El actuar en sociedad en una unión autocéfala está hoy por regla general codeterminado por la orientación del actuar de sus miembros según los estatutos del grupo político y es, por lo tanto, heterónomo. La «socialización» de los medios de producción significaría que el actuar en sociedad de cada «empresa» individual, que hoy es ya en buena parte heterónomo, esto es, orientado según los ordenamientos de otros grupos, ante todo políticos, pero que en principio es autocéfalo, se volvería heterocéfalo respecto de los órganos de una «totalidad» (cualquiera que fuese).

No toda asociación pactada conduce, empero al nacimiento de una unión de fines. Constitutivos de esta, en efecto han de ser, por definición: 1) el pacto de reglas generales y 2) la existencia de órganos propios del grupo. Una asociación («asociación ocasional») puede tener también un sentido mentado enteramente efímero, como un asesinato por, venganza que haya de ser ejecutado en común, y pueden por lo tanto faltarle todos los elementos mencionados como característicos de la unión de fines, incluso el «ordenamiento» racionalmente pactado del actuar en sociedad, que debe ser rasgo constitutivo de la definición escogida. Un ejemplo fácil del pasaje desde la asociación ocasional hasta la unión de fines es el de la «cartelización» industrial que parte del simple acuerdo transitorio entre concurrentes individuales para fijar precios mínimos, hasta llegar al «sindicato», provisto de poderes propios, de centros de venta y de un vasto aparato de órganos. Lo único común a todos ellos es el ordenamiento pactado, cuyo contenido, de acuerdo con lo que aquí hemos establecido expresamente de manera típico ideal, contiene al menos el acuerdo acerca de qué se impone a los participantes o, a la inversa, qué se les prohíbe, o también qué se les permite. En un acto de intercambio aislado (abstrayendo de la existencia de un «ordenamiento jurídico»), por ejemplo, se pactarán al menos los siguientes puntos, en el caso típico ideal de explicitación plena: 1) como impuesto, el traspaso y eventualmente también la obligación de ganancia por parte del poseedor de los bienes cambiados hacia terceros; 2) como prohibido, la reapropiación, y 3) como permitido, la disposición a voluntad de cada parte sobre el bien intercambiado. Un «intercambio» racional aislado de este tipo es uno de los casos límite de la asociación «carente de órganos». Excepto el ordenamiento pactado, fáltanle todas aquellas características propias de la unión de fines. Puede estar dirigido de manera heterónoma (por el ordenamiento jurídico o la convención) o bien subsistir de modo enteramente autónomo, condicionado en sus expectativas por la confianza mutua de que la otra parte se comportará de acuerdo con el pacto, no importa en base a que intereses. Pero no constituye un actuar en sociedad autocéfalo ni heterocéfalo, puesto que no se presenta como «formación» duradera. Naturalmente tampoco la presencia de actos de intercambio como fenómenos de masas, aunque se entretejan causalmente (el «mercado»), representa una formación de unión de fines; antes al contrario se diferencia fundamentalmente de ésta. El caso del intercambio es apropiado también para ilustrar el hecho de que el actuar que lleva a la asociación (actuar asociativo) no necesariamente debe estar orientado según las solas expectativas del actuar de los individuos asociados. En nuestro ejemplo debe estar orientado además según las expectativas de que los terceros, no participantes, han de «respetar» el resultado del intercambio, a saber, «el traspaso de propiedad». En esa medida es un mero «actuar en comunidad» del tipo que más adelante denominaremos «actuar por consenso» (Einverständnishandeln).

Históricamente encontramos con mucha frecuencia la escala de desarrollo que parte de la asociación ocasional para llegar de manera progresiva a una «formación» duradera. El germen típico de la asociación que hoy denominamos «Estado» se encuentra en asociaciones ocasionales libres formadas por individuos que procuran un botín, a fin de realizar una expedición guerrera bajo el mando de un jefe elegido por ellos mismos, por un lado, y, por el otro, en la asociación ocasional de los individuos amenazados, con fines de defensa. Falta en ellas por completo todo poder de fines y toda duración. Logrados (o malogrados) el botín o la defensa, y repartido aquel, la asociación desaparece. Un largo trecho de transiciones continuas media desde aquí hasta la asociación permanente del ejercito con imposición sistemática de tributos a mujeres, hombres inermes y súbditos, y, más todavía, a la usurpación del actuar en sociedad jurídico y administrativo. A la inversa, también puede surgir -y es este uno de los diversos procesos que confluyen en la aparición de la «economía política»-, a partir de la disolución de las asociaciones duraderas que subsisten con miras a la satisfacción de las necesidades, la formación amorfa del «mercado», que representa un «actuar en comunidad».

La conducta «psíquica» de los participantes, es decir, la cuestión de cuales «estados internos» últimos los llevaron a asociarse y a orientar entonces su acción según los ordenamientos pactados; esto es, de si ellos se avienen a tales ordenamientos por un frio cálculo de oportunidad, por un apego apasionado a los fines pactados o presupuestos de la asociación, o a causa de una aceptación a regañadientes de estos como mal inevitable, o porque corresponden a lo que es habitual o por el motivo que fuere, todo ello resulta indiferente para la existencia de la asociación por tanto tiempo cuanto subsista de hecho la chance de que, dentro de límites sociológicamente pertinentes, aquella orientación según el pacto se mantenga. Los miembros que participan en el actuar en sociedad pueden perseguir fines enteramente distintos, contrapuestos y dirigidos en sentidos diferentes, lo cual ocurre muy a menudo. La unión jurídica de los pueblos guerreros, la asociación jurídica para el actuar en comunidad en el mercado, con su lucha en torno de los cambios y los precios, sólo son ejemplos particularmente nítidos de este estado de cosas que en todas partes se repite. Todo actuar en sociedad es naturalmente expresión de una constelación de intereses de los participantes, dirigida a la orientación del actuar, tanto del ajeno como del propio, según sus ordenamientos específicos y ningún otro, y por lo tanto configurada de muy diversas maneras. Su contenido admite ser caracterizado de manera enteramente general y formal como ya ha ocurrido muchas veces, en cuanto que los individuos creen tener un interés en poder contar con un actuar pactado a través de la asociación de parte del otro o de los otros y orientar de acuerdo con el su propio actuar.

Notas

[1] Además de las exposiciones de G. Simmel, en Die Probleme der geschichtsphilosophie, Leipzig 1892, y de mis trabajos anteriores (reunidos en el presente volumen) se debe mencionar las observaciones de Rickert, en la segunda edición de la obra Die Grenzen der naturwissenschaftlichen Begriffsbildung, Tubinga, 1913, y los diversos trabajos de K. Jaspers, en especial Allgemeine Psychopathologie, Berlín, 1913. Diferencias de conceptuación, tal como es posible encontrarlas entre estos autores y también respecto de la obra, siempre importante, de F. Tönnies (Gemeinschaft und Gesellschaft, Berlín, 1887) y de los trabajos de A. Vierkandt y otros, no tienen por qué representar siempre diferencias de opinión. En el aspecto metodológico, a los trabajos mencionados es posible agregar los de Gottl (Herrschaft des Wortes, Berlín, 1913) y (para la categoría de posibilidad objetiva) de Radbruch; también, aun-que más indirectamente, los de Husserl y Lask. Se advertirá fácilmente que la elaboración conceptual muestra relaciones de semejanza externa, pero una aguda contraposición interna, con las formulaciones de R. Stammler (Wirtschaft und Recht nach der materialistischen Geschichtsauffassung, Leipzig, 1896), quien es tan destacado como jurista cuanto confuso como teórico de la sociedad. Ello es deliberado. El modo de formación de los conceptos sociológicos es en gran medida cuestión de oportunidad. En modo alguno estábamos obligados a formular todas las categorías que siguen (desde la sección quinta hasta la séptima). Las desarrollamos, en parte, a fin de mostrar lo que Stammler «habría debido significar». La segunda parte del ensayo es un fragmento de una exposición escrita hace ya tiempo que debía servir para la fundamentación metódica de investigaciones positivas, y, sobre todo, de una con-tribución (Wirtschaft und Gesellschaft) para una obra general que deberá aparecer más tarde, y de la cual otras partes se publicarán ocasionalmente en otros lugares. El carácter pedantesco de la formulación corresponde al deseo de distinguir con nitidez el sentido subjetivamente mentado del objetivamente válido (apartándonos con eso en algo del método de Simmel).

[2] Me propongo dilucidar eventualmente con un ejemplo (la historia de la música) el modo en que «actúa» la relación entre el tipo regular de una conducta y la conducta empírica, y en que este momento del desarrollo se relaciona con las influencias sociológicas. No solo para una historia de la lógica o de otras ciencias, sino también en todos los otros campos revisten la máxima importancia desde el punto de vista de la dinámica del desarrollo estas relaciones, esto es, el punto de ensamblamiento en que pueden irrumpir las tensiones de lo empírico respecto del tipo regular. Y lo mismo vale para la situación que se presenta, de modo individual y fundamentalmente diferente en cada ámbito particular de la cultura, a saber: en qué sentido no es realizable un tipo regular unívoco, sino que solo es posible o inevitable un compromiso o una selección entre diversos fundamentos de racionalización. No podemos considerar aquí tales problemas atinentes al contenido.

[3] No hemos de discutir aquí en especial este concepto. Obsérvese solamente que por «derecho» en sentido sociológico entendemos un ordenamiento garantizado en su validez empírica por un «aparato constrictivo» (en el sentido que se expondrá en seguida), y por convención, un ordenamiento garantizado solamente por la «desaprobación social» del grupo asociado en una comunidad «jurídica» o «convencional». Naturalmente, en la realidad los límites pueden ser muy fluctuantes.

 

 

[*] WEBER, Max. "Sobre algunas categorías de la sociología comprensiva". [1913]. En: Ensayos sobre metodología sociológica. Buenos Aires, Amorrortu, 1973, pp. 175-221. [Extracto del capítulo, hasta el acápite 5, p. 201. Documento completo en PDF]




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